What happens if you put the time into a freezing room?
Would it stop transformation processes? Could you move more slowly? Would you get older more slowly?
Is there any difference between the image of an object observed by a human or by a machine? How much do you imagine yourself and how much does the machine imagine you?
When are you and when is your avatar? Is your avatar immortal? Were you human all the time? Can you hear something? Is it your heart, or the machine’s one you built to know the time?
La obra Time Out fue concebida originalmente para la cámara frigorífica de una antigua carnicería, reconvertida ahora en una Fabrica Cultural. Ese iba a ser su espacio de exhibición y, por lo tanto, ese lugar y su relato iban a formar parte de una obra que ocurre en el tiempo que llamamos real; el tiempo que se define en la estética de la causalidad interactiva; el tiempo que puede ser intervenido.
En la causalidad desbocada y expectante del crisol de la realidad material ahora digitalizada, sabemos que todas las mezclas son posibles; todos los significados pueden ser inyectados en todas las formas, y toda forma puede dar cobijo a todo sentido. Siendo el algoritmo quien gobierna el límite y posibilidad de esa mezcla, es a la vez el responsable de su ética, o de la falta de ella.
En este tiempo de velocidad de escape, de captura y exhibición compulsiva de instantes, en el que el movimiento y cambio de estados son sinónimos de visibilidad, el algoritmo de Time Out actúa en la dirección opuesta. Escuchando el relato de la fría cámara frigorífica, congela el tiempo. Tal y como ocurriera con las primeras fotografías, alarga el tiempo de exposición de su ojo digital, no ve lo que se mueve. No graba nada sobre ningún soporte. Simplemente devuelve una imagen reposada en blanco y negro de lo que en ese largo instante ocurre delante de su ojo, construyendo un paisaje visual a partir de elementos inmóviles, seguramente arquitecturas, espacios interiores, mobiliario, …todos ellos detenidos en un tiempo acorde a su manera de estar en el mundo.
A falta de humanos a los que mirar, un metrónomo sirve como figura en ese fondo. Perteneciente al mundo maquinal del siglo XX, hay que darle cuerda para ponerlo en funcionamiento, para que se mueva. Tic-Tac. Aun hoy es el día en que pienso si es distinto el tiempo que hay desde el Tic hasta el Tac, desde el Tac hasta el Tic. Tic-Tac. Pertenece, en todo caso, a aquella tecnología hecha para facilitar el trabajo de los humanos y que acabó por convertirnos en autómatas mecánicos, en una parte de la Gran Maquinaria de la Revolución Industrial. Es el corazón de la máquina que estamos acostumbrados a escuchar, y que hemos acabado por asimilar al nuestro. Su movimiento también es invisible a Time Out. Es su sonido lo que interviene el Sistema, lo que se mete dentro de Él. El espectador/a atento descubrirá una vibración, el pálpito mecánico convertido en una pequeña variación de luz, un momento distinto…Pero ninguna máquina realiza labor alguna más allá de lo que se le ha encomendado, programado. (¿o sí?) El humano autómata puso en funcionamiento la rueda, y a través de ella, o de su glitch, acabará por comunicarse con el otro lado del espejo.
Porque Time Out es un espejo. Como tal, devuelve una imagen sometida a una función más o menos simétrica, más o menos fiel a la realidad a la que mira. Especulo. Pero por su condición digital, la imagen a ese otro lado es ya un avatar, un habitante de uno de los ultramundos de Baricco, una entidad digital.
En su contemplación nos vemos interpelados a detenernos nosotros también. Somos literales. Buscamos la prueba del tiempo real en esa literalidad, en ese estar ahí, formando parte de su paisaje, cualquiera que éste sea deseamos ser en él. Y si el sistema nos premia con la visibilidad, haremos lo que sea que el sistema nos pide. Detente. Escucha. Dejamos de ser nosotros mismos (¿alguna vez lo fuimos?) en el momento en que aceptamos de manera tácita que ese universo virtual nos prestara su espacio para habitarlo. Aceptamos la ficción porque somos ficción en gran medida. Ciborgs de metáfora y de facto, no queremos distinguir los límites de nuestra naturaleza dual, quizás porque ya no los percibimos como tales. El trasiego de una identidad a otra cada vez nos cuesta menos, vemos con mayor naturalidad entidades digitales a este lado molecular del mundo, y nada nos asombra de nuestras nuevas dimensiones en el espacio virtual.
El puente que construye Time Out habla de ese trasiego en claves de no espectacularidad, como una constatación de su existencia; no está conectado a ningún otro camino ni red. No tendría sentido. No pide interpretar ninguna regla, ningún código. Amplía su espacio físico con otro virtual de tal manera que, para mirarse en él, hay que detenerse. Tómense su tiempo.
Patxi Araujo, 2020

