Una silla para mirar el mundo podría ser un lugar privilegiado. Un lugar en el que mereciera la pena estar. No tanto por la razón o la naturaleza de aquello que se desencadena frente a ella, sino por el hecho de que, sea lo que sea, tú lo vas a ver desde ese lugar. Pagas un alto precio por estar ahí. Ese espectáculo (si es que lo hay) podrá ser terrible, sublime, insoportable, o bellísimo; pero tú habrás formado parte de él, aunque se te lleve por delante.