Trampa a Dios (1986)
Una vez construí una caja de resonancias místicas y oteizas. Era una urna de cristal con marcos de madera. Dentro tenía una maquinita de música de cuerda, que, accionada desde el exterior con una anilla, conectaba con el mecanismo de cierre de la celda de cristal. De tal manera que, mientras sonaba la música, el movimiento de su tambor iba poco a poco cerrando la puertecita. Al cabo de unos pocos compases musicales, la puerta de la caja de cristal se cerraba. Mediante unos pequeños imanes colocados en su interior, la caja quedaba sellada desde dentro y para siempre, salvo destrucción o violación de su cierre.
Mi idea era presentarla como trabajo en clase de escultura. Yo tenía 18 años, y jamás había hecho una caja de cristal. Esta primera que hice -luego vinieron otras- estaba pensada para encerrar a Dios.
Tendría, sin embargo, que realizar al menos una prueba previa de cierre para comprobar el funcionamiento adecuado de mi trampa. Luego caí en la cuenta de que dicha comprobación no permitiría abrir la puerta de nuevo. No podría accionar su cierre una segunda vez, so pena de evidenciar una grave contraditio in terminis: si sólo podía cerrarse una vez, tendría que presentarla cerrada y explicar cómo había ocurrido todo. La necesidad me llevó a una solución simple pero que consideré excelente: colocar un tope entre la puerta y la pared de cristal, de tal manera que por mucho que la cadencia del mecanismo quisiera, fuera imposible su cierre. A la mañana siguiente presenté emocionado mi invento. Después de explicar la naturaleza de mi prisionero y su trampa, liberé el tope y accioné el mecanismo. La puertecita nunca llegó a cerrarse. El tope colocado durante toda la noche había destensado el mecanismo y la puerta se quedó, así, ni abierta ni cerrada. Ni que decir tiene que Dios se escapó, y que anda por ahí, haciendo maldades.
EL PÁJARO DE LA FELICIDAD (1999)
POR QUÉ LOS MOLINOS TIENEN ASPAS (2006)
Sin duda, para poder hablar del viento. Aunque hubiera podido empezar hablando de un animal, de un ave o de una acción cualquiera, no es acerca de esto de lo que quiero hablar. Porque en realidad, estaba pensando en un piano, en las teclas de un piano, en el continuo de las teclas de un piano. A decir verdad, estoy pensando en tocar las teclas con la presión justa de la punta de los dedos. Y ni tan siquiera eso. Estoy pensando en cierto tipo de comodidad, de expresar e interpretar; en un masai apoyado en la gravedad conjurada de su higiene postural, en el regocijo de unos tuareg al ver pasar el París-Dakar, en una carambola inopinada, en una brisa de viento que cruza la piel de un aspa sin sospecharlo… Las imágenes se me caen de las manos, pero las necesito para construir significados. Como dibujos abstractos en el aire, como fuselajes exógenos para materia blanda, como dibujar a Glenn Gould tocando el piano. Y exclamo: ¡Tan solo un lápiz hipertrófico! ¡Denme un lápiz hipertrófico para dibujar el sonido que escucho y el paisaje que veo! Pero es que además –me digo– no busco nada; solo ando, solo miro; ahora hay agua, ahora no hay. Pulso la tecla, y espero. Me siento a mirar los montes ciborg y los aviones dibujan líneas furtivas que nunca bajan a la tierra.